A título personal, por Armando Morquecho Camacho

Hay una escena que se repite en casi todas las guerras largas. Al principio, la sociedad vive cada acontecimiento con intensidad: cada batalla se discute, cada derrota indigna, cada decisión del gobierno provoca debates apasionados.

Pero conforme pasan los años, algo cambia. La gente deja de seguir las noticias con el mismo fervor, las tragedias se vuelven estadísticas y el conflicto, que alguna vez ocupó el centro de la conversación pública, se convierte en un ruido de fondo. Los historiadores lo llaman “fatiga de guerra”. 

Algo parecido parece estar ocurriendo hoy en la vida pública, aunque el campo de batalla sea distinto. No hay trincheras ni cañones, pero sí una exposición permanente a crisis, polémicas, declaraciones, escándalos y debates que suceden a un ritmo cada vez más vertiginoso y que hacen de la política una conversación constante, interminable, donde cada día trae un nuevo motivo para discutir, indignarse o tomar partido. El problema es que ninguna sociedad puede vivir indefinidamente en ese estado de intensidad.

A esa sensación cada vez más extendida podríamos llamarla, sin exagerar, la política del cansancio.

Durante décadas se pensó que una democracia saludable dependía de una ciudadanía cada vez más informada y participativa. La expansión de los medios de comunicación primero, y de las redes sociales después, parecía confirmar esa promesa: nunca habíamos tenido tanta información disponible, ni tanta posibilidad de participar en la discusión pública. Pero el exceso de información tiene una paradoja: cuando todo es urgente, nada lo es realmente.

Cada día aparece un nuevo escándalo, una nueva polémica, una nueva declaración que incendia la conversación pública durante unas horas. Las redes sociales amplifican ese fenómeno hasta convertirlo en una sucesión vertiginosa de temas que nacen y mueren en cuestión de días, a veces de horas.

Lo que ayer parecía un debate central, hoy ha sido reemplazado por otro completamente distinto. Y en medio de ese torbellino informativo, la ciudadanía comienza a experimentar una sensación que se parece mucho al agotamiento.

Pero sería un error pensar que este cansancio proviene únicamente de la saturación informativa o de la intensidad del debate público. Hay otro factor igual de importante que muchas veces pasa desapercibido: la forma en que la propia política produce y administra ese ritmo de confrontación permanente.

En las democracias contemporáneas, buena parte de la actividad política se ha desplazado hacia el terreno de la comunicación. Las decisiones públicas ya no sólo se toman, también se narran, se defienden, se disputan y se amplifican todos los días en la arena mediática. Cada actor necesita marcar posición, responder al adversario, fijar agenda o generar conversación. En ese contexto, la polémica se convierte en un recurso casi inevitable.

El problema aparece cuando esa conversación constante no siempre se traduce en resultados visibles con la misma velocidad. Las discusiones se multiplican, las narrativas cambian, pero muchos de los grandes problemas públicos permanecen. Y cuando el debate parece avanzar más rápido que las soluciones, la sensación que comienza a instalarse es la de un movimiento circular.

Hay una metáfora económica que ayuda a entender este fenómeno. Cuando una economía emite demasiada moneda, el valor del dinero se devalúa. Algo similar ocurre con la indignación pública: cuando todo provoca indignación, la indignación pierde fuerza. Si cada semana se presenta como una crisis histórica, la palabra “crisis” termina perdiendo su significado.

La política moderna parece haber caído en esa dinámica. Todo se comunica como si fuera urgente, definitivo, trascendental. Pero la consecuencia de esa estrategia es paradójica: en lugar de mantener a la ciudadanía movilizada, termina produciendo un efecto de saturación. La conversación pública se vuelve tan intensa y permanente que muchas personas optan por desconectarse, al menos parcialmente.

No se trata de un fenómeno exclusivamente mexicano. En muchas democracias del mundo se observa algo similar. Las sociedades están más expuestas que nunca a la política, pero al mismo tiempo parecen cada vez más fatigadas por ella.

La hiperconectividad, que prometía fortalecer la deliberación democrática, también ha traído consigo una sobrecarga informativa que vuelve difícil distinguir lo verdaderamente importante de lo meramente momentáneo.

La historia ofrece algunas lecciones interesantes sobre este tipo de procesos. En las democracias antiguas, como la ateniense, la participación política era intensa pero también limitada en el tiempo y en los espacios donde ocurría. Las decisiones se discutían en la asamblea, pero la vida cotidiana no estaba atravesada permanentemente por el debate político. Había momentos para deliberar y momentos para vivir fuera de esa deliberación.

La modernidad, en cambio, ha disuelto esas fronteras. La política ya no aparece sólo en ciertos momentos institucionales —una elección, un debate legislativo, una decisión de gobierno— sino que invade la conversación cotidiana a través de pantallas, notificaciones y tendencias digitales. 

Tal vez por eso la política contemporánea se parece menos a un proceso deliberativo y más a una transmisión en vivo que nunca termina. Siempre hay algo que comentar, algo que responder, algo que criticar o defender. Pero incluso la conversación más apasionada necesita pausas para no convertirse en ruido.

El riesgo de la política del cansancio no es sólo que la gente deje de discutir sobre asuntos públicos. El riesgo más profundo es que la saturación termine debilitando la capacidad colectiva para distinguir entre lo realmente importante y lo meramente efímero. 

Las democracias necesitan ciudadanos atentos, críticos y participativos. Pero también necesitan algo que a veces olvidamos: una política capaz de producir resultados que den sentido a esa conversación pública. Porque cuando el debate se multiplica, pero las soluciones parecen siempre aplazadas, el desgaste termina alcanzando tanto a la ciudadanía como a las propias instituciones.

La participación política no es una carrera de velocidad; es, más bien, una carrera de resistencia. Quizá el desafío de nuestra época no sea simplemente informar más o debatir más, sino encontrar un ritmo más sostenible para la vida pública. Un ritmo que permita discutir los grandes temas con profundidad sin convertir cada día en una nueva batalla.

Porque al final, como ocurre en las guerras largas, el cansancio no llega cuando se pierde una batalla, sino cuando la sociedad deja de tener la energía para seguir librándolas. Y una democracia fatigada, aunque siga hablando de política todos los días, corre el riesgo de dejar de escucharla realmente.

 

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