Ni la política de la UE es sabia ni su solidaridad visible ni su unidad cierta ni su definición está concretada. Por el camino que va, cualquier cosa puede pasar.
Lamentablemente, todo esto no es evidente para la mayoría, lo cual provoca pasividades peligrosas o reacciones insuficientes. Dicen que la palabra del año en España es arancel. Quizás más oportuna sería la de diversión, que tiene el doble sentido de entretenimiento y de alejamiento o desviación.
No hay duda de que España se asienta sobre el suelo de la UE y de que este se ha tornado quebradizo. El tiempo de las confianzas triunfalistas ha pasado, y el primer error que hemos de eliminar es creer que estamos entre socios con intereses comunes. Dicen que los abrazos del enemigo son venenosos y las heridas del amigo saludables. Escuchemos a los que disienten. No veamos amigos ni enemigos donde no los hay y busquémoslos donde están realmente, es decir, reforzando o debilitando nuestro territorio, que es nuestro verdadero y único salvavidas. Ni incluso así; basta con que amigos incuestionables sean sustituidos para que todo pueda cambiar. Todavía quedan muchas cosas que podríamos perder, incluso territoriales.
Es una realidad que dentro y fuera hay gente que no quiere la concordia. Podemos estar equivocados, pero creemos que España hoy por hoy es una de las naciones menos pugnaces del mundo, lo cual está muy bien. Sin embargo, hay otros que permanentemente afilan su lápiz para lo que consideran nuestros defectos. Generoso espíritu tutorial.
Fuera
Lo último que nos ha llamado la atención es un artículo en The Guardian (diario británico con incidencia mundial) sobre el disco de Rosalía, Lux. Un grano de sal, se dirá, pero que reproducido formará montañas. El autor reconoce que lo “escuchó con la pretensión de que no le gustara” (¿por qué ese prejuicio?; días antes habían asegurado que no había para tanto), y que los españoles portamos pretensiones imperiales. ¿Por un disco? Recogemos algunas de las ideas más llamativas.
Parece ser que el trabajo de Rosalía es “un resurgimiento de la estética nacionalcatólica (notoriamente blanca)… lo último que necesita el mundo”. Añade que “Se ha convertido en una figura clave en la soberanía indiscutible de la Marca España (una iniciativa gubernamental) en el escenario pop global”. Nos preguntamos si el término “blanca” se refiere al blanqueamiento de lo que otros denigraron. ¿Volvemos a las guerras de religión? ¿Una confabulación eclesiástico-gubernamental-wokista? ¿Habremos de recordarle que en el asunto de las promociones, la bandera inglesa, impresa en todo tipo de objetos, no queda rezagada? No digamos la lengua, que él utiliza tan prejuiciosamente.
Otro fallo del disco es que “su enfoque de la trascendencia espiritual como una experiencia premium no encaja bien en una crisis del coste de la vida”. ¿De cuándo los problemas sociales no pueden tener un valor superior, no son trascendentes, no afectan al espíritu humano? ¿Mick Jagger sacando la lengua era más útil? En los peores momentos de la vida el ser humano se vuelve hacia la religión… y la lotería.
Esta “inseguridad existencial”, prosigue, lleva a la “preservación de las jerarquías de poder tradicionales, la rigidez moral, la santurronería religiosa y el orden social patriarcal”. “España no es una excepción y en los últimos 10 años una constelación de actores ultraconservadores ha pasado de los márgenes al centro de la vida pública”. Respecto a la inseguridad existencial parece que el autor no ha mirado a su alrededor más próximo. En diez años han cambiado seis veces de primer ministro. En los dos últimos años se han producido más de 17 mil redadas y más de 12 mil detenciones.
Su Ministerio del Interior las denomina “misión moral”. Su sanidad, más desastrosa que la nuestra. Aquí hacemos un llamado sobre el asunto: sanidad tardía, sanidad inexistente. O te curas solo o te mueres. Y sí, en estos diez últimos años mucho ha cambiado en todo el mundo, pero arrastrando a España, no al revés. ¿Se ha preguntado de dónde emanan todos esos ideales absolutos, que separan a buenos de malos y que para mayor orientación nos saturan de nihilismo? No hablaremos de la justicia, con su principio de “stare decisis” (“no perturbar lo ya establecido”), porque sería largo en cuanto lo que es una rémora se presenta como un ejemplo. Que nos hablen a nosotros de las medievales fazañas castellanas, antecedente de la jurisprudencia.
Todas estas historias civilizatorias caen si se contrastan con la realidad real –que es la menos visible– como la de Gaza, Siria o Venezuela. Keir Starmer ha sido muy claro: oscuridad. El mundo de las reglas ya no impresiona (ni lamentablemente el de los tratados internacionales). Son viejas maniobras de los que miran la rueda y no la carretera; luego le echan la culpa a la humilde china que se interpuso y asunto archivado.
Recordemos cómo la Ilustración, no practicada en las colonias de sus profetas, servía de ariete ideológico para liberar a América del yugo español y traspasarlo al mundo Monroe. Claro que no queremos jerarquías de poder tradicionales ni rigidez moral ni santurronería religiosa ni orden social patriarcal. Pero, aparte de que es asunto de nuestra soberanía, ¿pueden ellos tirar la piedra? Santurronería: su soberano “es ungido y ocultado por un biombo para santificar el acto como una relación íntima con Dios”. Por lo cual es designado también “Gobernador Supremo, defensor de la Fe y cabeza de la Iglesia de Inglaterra”. Jerarquías tradicionalistas: la cámara de los lores, que no es electiva, está compuesta por lores vitalicios nombrados por el rey, lores eclesiásticos y lores nobiliarios.
Y no carece de poder. ¿Ignora un diario “moderno” que Barheim es un club queer? Por supuesto, en Gran Bretaña no hay fuerzas ni políticas de ultraderecha. Pero nosotros no tenemos problemas con la bandera palestina. Hay más cosas en esa órbita, pero nos autocensuraremos. Rosalía no es una artista “neutra” afirma; los artistas británicos sí, a pesar de que se les nombra sires y dames, como Paul McCartney, Ringo Starr, Elton John, Mick Jagger, Rod Stewart, Eric Clapton, Sting, Brian May o Adele; todo como premio a ser acérrimos antibritánicos (aunque muchos de ellos se manifestaron como declarados thatcheristas).
Resulta paradójico que en “Estados Unidos o Reino Unido, donde el pop no anglófono rara vez prospera” (dice él) se hable de marca España. Qué se diría de nuestro país de suceder lo mismo con lo hispánico? Por el contrario aquí valoramos en extremo todo lo inglés; el otro día un locutor nos aseguraba con tono convincente que The yellow submarine es genial. Y veraz, añadimos nosotros. Según la letra “Tenemos todo lo que necesitamos”.
Dentro
Dejando de lado a The Guardian, los intentos de debilitar nuestro sentido de nación también tiene actores internos. Ante el peligro de descuartizamiento, más que claridad histórica generamos confusión. Anteponemos lo pasajero a lo importante, con el consiguiente alborozo de los que saben valorar la división. Después de casi 100 años, el advenimiento de la II República no se afronta con el distanciamiento necesario, incluso natural, dado que sus actores ya no existen.
Se sigue pensando en un enfrentamiento entre dos únicos sectores, el de la España antidescuartizadora y el de la España descuartizadora, ignorando la lucha, fundamental, por los necesarios derechos sociales y cívicos. Nada distinto a lo existente en la actualidad se proponía. Esto provoca graves problemas a la idea de avance social, en cuanto se tizna a uno de los sectores con carbones que no alimentaban su caldera. Sería bueno recordar las palabras del último presidente de esa República, en plena guerra: “Si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres (los descuartizadores) son unos canallas sin remedio”. El presidente que así habla está vetado por unos y otros. Un presidente por el que Thomas Mann, premio Nobel (del de verdad), expresó admiración en diversas ocasiones por su talla intelectual.
El anterior presidente (alabado por Aznar) defendía lo mismo. El régimen que presidía era para él “el marco idóneo para conciliar los particularismos regionales con los intereses generales de España, integrando a todos los españoles en un proyecto común”. Podían pronunciar España sin reservas. Ahora, no siempre. Otra anomalía es que se las considera fuerzas antilegalistas, cuando precisamente defendían una constitución aprobada en las Cortes por una gran mayoría. En definitiva, lo que se planteaba como una lucha entre progresismo y conservadurismo se ha presentado como un problema de ruptura territorial. Aún hoy existe confusión en las alineaciones, ignorándose que hay descuartizadores de derechas. Mientras esto no se perciba con claridad, nuestra Historia dificultará cualquier evolución razonable, lo cual es aprovechado dentro y fuera.
La Memoria Histórica tiene sus propios demonios, por lo que evita determinados asuntos. Está lastrada por las necesidades de la Transición. Pero la Transición era transitoria, no inmovilista. Hay una parte de ese pasado que no se quiere recordar. Extraño. Ser europeísta no implica ocultar cosas que nos hicieron mucho daño, como, por ejemplo, el nefasto y egoísta Comité de No intervención por su acción contradictoria con su nombre. Igualmente se ignora que el espíritu que inspiró a ese Comité perdura en gran parte de Europa, no nos engañemos.
En 2014 Obama visitó Holanda. El primer ministro del país le mostró la Apología, de Guillermo de Orange, donde se demoniza a Felipe II y a España, ¿Qué necesidad y confianza había para que se le mostrara tal documento, salvo la fijación que Obama tiene por el historiador radicalmente antiespañol Yuval Noha Harari, formado en Jerusalén y Oxford?
Hemos de recuperar el lenguaje, liberarlo de las expropiaciones de un lado y del otro. Darle a cada cosa su verdadero nombre. Si en vez de sólo rememorar versos de Bob Dylan (“la respuesta está en el viento”) recuperáramos los de Antonio Machado, por ejemplo, podríamos recordar cosas de nuestra realidad (no de la ajena), como “Tu verdad no; la verdad./ Y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela.” Así comprobaríamos que había una proespaña que sobrepasaba el círculo conservador y que no es incluible en el círculo antiespaña.
Las banderas como síntoma
Es lamentable que nos una lo secundario y nos separe lo esencial. Sólo el fútbol legitima en la calle el uso de la bandera. Una vergüenza disimulada lo impide. ¿Cómo nació nuestra bandera? Por necesidad: para evitar que nuestros navíos se dispararan entre sí. ¿Qué era lo importante, la bandera o la pervivencia del navío? Lo de la bandera tricolor, desde nuestro punto de vista y el de muchos republicanos que lucharon de verdad, fue un error (Cuba cambió de régimen y mantuvo la bandera); pero la nueva no era bandera antiespañola. Ahí radica la manipulación. Repetimos: liberemos al lenguaje de su secuestro.
El morado era el color de la libertad en Castilla (nada que ver con LGTB). Cuartelada, aspa roja sobre fondo blanco, blanca con el escudo real en el centro; cinco rayas rojas y amarillas horizontales para la marina mercante; bicolor en cuatro regímenes distintos (incluidas la I República y la Restauración); tricolor (II República); bicolor con uno u otro escudo, está ahí para incluir, no para separar; para singularizar en medio de la confusión.
Lo importante no era la enseña sino el navío: no podemos hundirlo porque discutamos los colores de la enseña. Lo más curioso es que para estos malandrines España no existe para lo bueno, sí para lo malo. Desafortunado contrasentido. La antiespaña claro que tiene derecho a existir. El hijo puede separarse de la familia, pero no llevarse la habitación. Las necesidades del resto de la familia también cuentan.
A España incluso se la ha llamado madrasta. A fuerza de atacarla indiscriminadamente se está transformando en persona natural, en madre víctima de malos hijastros. Se dice que nadie estaba con la República, es una frase casi aceptada. Parece que tampoco con España. Y, más que por una conclusión racionalizada, por una inercia impensada, producto del despiste. ¿Quiénes son los contaminadores? Sería interesante desenmascararlos junto a sus motivaciones.
Se puede alegar que España ha estado detentada por unos poderes privilegiados y egoístas. ¿Y esto la anula? Sin la base territorial de España, ¿cómo materializar la justicia? ¿Es que no ha habido en ella luchas épicas que alienten un punto de orgullo? ¿O sólo existen las derrotas y traiciones vergonzosas? Habría que hacer historias paralelas a las de los gobernantes, relatando los sacrificios de los pueblos. Este es nuestro suelo. No tenemos otro. Los afrancesados, ¿lo eran de mala fe? Seguramente, no, pero su error era creer que si los franceses hubieran vencido los españoles habrían disfrutado de los mismos derechos.
Además, ¿no existe la dignidad? España no es una fatalidad, menos una polémica de ociosos. También sorprende esa inflación de banderas en los edificios públicos. Dime de qué presume. Hemos de recuperar la realidad, que sobre todo es necesidad. Seguir discutiendo sobre asuntos pasados es negativo. Hemos dicho discutiendo, no investigando, analizando, corrigiendo, comprendiendo. Es preciso dejar de utilizar la nación como bumerán.
Respecto a Europa, cualquier cosa puede pasar. Pero incluso para las hipótesis más remotas, como disolver a España en otro ente superior (lo que dudamos, tal como está el patio geopolítico) un estado nación saneado sería necesario para evitar una debacle total, tal como ha ocurrido con otras grandes naciones. Y tememos que si el mal es “2x”, la solución no sea “y”, sino “2y”, la sempiterna reacción contraria exagerada. @mundiario
