Quim Salarich, en el eslalon de Madonna di Campiglio, el 22 de diciembre pasado.Quim Salarich, en el eslalon de Madonna di Campiglio, el 22 de diciembre pasado.AFP7 vía Europa Press (AFP7 vía Europa Press)

Quim Salarich pasó la Nochevieja en las montañas de Italia, donde no se comen uvas, lo que habría hecho en su Cerdanya, sino lentejas con ropa interior roja, y donde hay nieve, su elemento. Hasta dentro de un mes no volverá a su casa, estará concentrado, solo, sin ver a su madre, su hermano, su novia o su perra o a nadie, y ni hará turismo los días de descanso, sino descansará. El viaje, la competición, son su vida. Salarich es el mejor esquiador español, especialista en eslalon, la disciplina más lenta, técnica, artística, la disciplina, claro, de Paquito Fernández Ochoa, que hace 51 años ganó inesperadamente una medalla de oro olímpica, y se convirtió en una leyenda, un orgullo, y en una carga para el futuro.

“He visto mi nombre puesto al lado del nombre de Paquito, y eso me llena de orgullo, pero también como aquel que dice, es una presión, porque al final se espera algo de mí, Me comparan con alguien que ha sido oro olímpico, y al menos significa que estoy haciendo las cosas bien”, dice el esquiador de La Molina. “En España hace muchos años que no tenemos un referente como fue Paquito, que es también uno de los hándicaps que podemos tener con países como Austria, Suiza, Italia, y estos países, y me toca ser el referente, y a cargar con eso, y que les sirva a las futuras generaciones, espero”.

Carga Salarich, un habitual de la Copa del Mundo, y cargan todos los esquiadores españoles que antes se lanzaron a la alta competición. Todos tienen como referente al esquiador de Cercedilla; todos parten con el objetivo de llegar a ser como él; a todos les pesa la carga, y la indiferencia.

“Exactamente”, dice Salarich cuando se le señala que después del oro de Sapporo, un triunfo único y aislado en la historia del esquí español, cualquier resultado que no sea la victoria en un Mundial, por lo menos, no es nada. “Así es esto, y más en un país que somos ganadores, que ganamos en todos los deportes, pues eso no ayuda a los deportes minoritarios. Estamos acostumbrados a Pau Gasol o Rafa Nadal, así que un séptimo puesto en Garmisch, que es histórico y superdifícil, parece que es poca cosa, pero, bueno, para mí es como ganar una medalla de oro”.

Cita Salarich justamente Garmisch, porque fue allí, en la pista histórica de los Juegos de Invierno de 1936, donde hace 11 meses logró un octavo puesto en el primer eslalon y un séptimo en el segundo, el día siguiente, ambos en Copa del Mundo. Fue el mejor resultado del esquí español en 50 años, los que han pasado desde un séptimo puesto de, claro, Paquito Fernández Ochoa. Y allí regresa, y con él, otros dos españoles, Juan del Campo y Aingeru Garay, a la pista de los Alpes bávaros, el miércoles, dos días después de cumplir 29 años, para volver a competir en sus dos eslálones en una temporada en la que hasta ahora no ha podido repetir buenos resultados en los eslálones de Val d’Isère y Madonna di Campiglio. “Fue tan buena la anterior que quizás me autopresione un poco y me deje ganar por los nervios”, admite. “Piensas que la gente espera más de ti y, claro, no quieres fallar. Tengo que prepararme mentalmente para lograr ir al 100% en todas las carreras, porque la peor sensación es llegar a meta y pensar que he ido al 60%. Tengo que trabajar esto mucho con mi psicóloga e intentar que en Garmisch no vuelva a suceder”.

Considera Salarich el trabajo con la psicóloga una herramienta, sus ejercicios de concentración, de estados de ánimo. “Llevo año y medio con el trabajo mental y me viene muy bien”, dice. “Y me sirve, sobre todo, para no torturarme después de un mal día. En caso de que algo no funciones tenemos un protocolo de error que nos permite hacer un reset cogemos las cosas buenas y las malas las quitamos”.

Salarich, 1,89 metros, 83 kilos, empezó con los esquís porque los fines de semana sus padres subían a esquiar a la Cerdanya y allí empezó a destacar su hermano, cuatro años mayor, y a él también le vieron potencial y, como la cosa más natural del mundo, empezó a seguir el camino de su hermano, y a superarlo. Y así acabó convirtiéndose en profesional de un deporte minoritario en España. “No tenemos una repercusión muy alta y eso también puede llegar a ser un hándicap para que futuras generaciones quieran practicar este deporte. Al final la gente quiere visibilidad, que se reconozca lo que hace y la verdad es que nosotros somos un deporte bastante minoritario”, dice. “Seguramente tienes muchas derrotas en tu vida en este deporte, pero cuando tienes una recompensa, por pequeña que es, la verdad es que tú la disfrutas mucho más. Las cosas difíciles son las más atrayentes y las cosas que cuestan sacrificio”.

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