DOMINGA.– Herminio Gómez nació en Villa Purificación, un pueblito fundado hace quinientos años, una zona rural de Jalisco que colinda, de un lado, con la sierra y del otro con el océano Pacífico. Sus padres provenían de comunidades indígenas que habían nacido en las montañas, así que durante su infancia recorrió los senderos de la sierra y aprendió a conocerlos como nadie. Por eso, los niños lo bautizaron como El Indio.
Nunca aprendió a leer ni escribir, tampoco lo hicieron sus 15 hermanos. Pero desde chiquillo aprendió a cazar ciervos y a arrear el ganado. La vida en el rancho era muy precaria, así que a los 18 años decidió cruzar a Estados Unidos. Como pudo pasó la frontera y se compró un número de seguridad social con el que se hizo pasar por un puertorriqueño, Ismael Rivera.
Trabajó en la construcción, ahí le agarró el gusto a las pastillas de metanfetaminas para aguantar las jornadas esclavistas de los patrones gringos. Pero en el año 2000 lo detuvo la policía, con la identificación que evidentemente era falsa y con drogas en la bolsa del pantalón. El acento cantado lo delató, lo deportaron y volvió a cruzar, y luego en 2010 fue detenido y deportado nuevamente.

Villa Purificación es de los municipios más extensos de Jalisco (Víctor Hugo Ornelas)
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Así, nada más con la bolsa de plástico que le dieron en el centro de detención con un sándwich y un jugo retornó a México. Tomó un camión desde la frontera y un par de días después llegó a Villa Purificación, donde ahora todo era diferente.
Casi como premonición, unos meses antes, el director de cine Luis Estrada estrenó la película El infierno (2010), en la que un migrante llamado Benny encuentra que todos en su pueblo se volvieron narcos. Como si la película estuviera inspirada en él, Herminio Gómez también encontró que en Villa Purificación ya nadie trabajaba el campo y que todos obedecían a un nuevo patrón. Su nombre era Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, otro migrante que, como él, a inicios de los años noventa lo habían deportado de California.
–Bueno, regresé a cuidar mi propiedad, a cuidar mi tierra. Pero un día recibí una llamada para reunirme con don Mencho, que quería hablar conmigo –recuerda.
El encuentro fue tenso. Herminio creyó que no regresaría vivo. El narco le soltó que no había de otra: ahora todos trabajaban para él. Así que, según su versión, no le quedó más que aceptar la oferta del nuevo patrón, al fin y al cabo no tenía más opciones. A finales de 2011 empezó haciendo trabajos de seguridad, recados, le llevaba comida a la gente que formaba parte del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). “Cositas que me pedía que hiciera”, diría.
Con el paso de los meses se ganó el favor del Mencho, un hombre duro del que Herminio dice algo de generosidad había en él; un año después de entrar a trabajar, le avisó que unos amigos suyos en el municipio lo iban a ayudar a colocarlo como jefe de la policía de Villa Purificación. La experiencia no importaba, sólo la palabra del Mencho, porque ahí él era la verdadera ley.
Le pusieron un uniforme y empezó a cobrar un sueldo de ocho mil pesos. Pero eso sí, tenía 45 policías a su cargo y “cinco protectores civiles”, como llamaba a los sicarios que Nemesio Oseguera le había mandado y que tenía que mantener en la nómina a cambio cuatro mil pesos cada dos semanas.
–Al único que consideraba jefe y el único que me decía qué hacer era El Mencho –recuerda en una serie de testimonios consignados en archivos de una corte de Estados Unidos obtenidas por DOMINGA.

Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como ‘El Mencho’ | ESPECIAL
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En 2012, El Mencho recogería los frutos de esa corrupción: ese año estuvo a punto de ser detenido por la Marina muy cerca de Villa Purificación, pero gracias a la intervención de Herminio y sus policías se evitó. La estrategia era subirlo a las patrullas con las luces encendidas y moverlo por lugares seguros. Nadie sospechaba que un carro de la policía traía al que sería el narco más buscado del mundo.
El Mencho sabía que Herminio Gómez conocía como nadie la sierra, así que lo escondía en lugares donde sólo había senderos o caminos para caballos, inaccesibles para la mayoría. Herminio terminó viviendo largas temporadas escondido en la sierra con su patrón. En esa soledad, los dos se hacían compañía y se volvieron tan cercanos que Nemesio Oseguera le pidió que lo llamara padrino.
Pocos años después, el ahijado del Mencho contaría a la DEA los secretos del patrón. Rutinas, costumbres, escondites, crueldades.
El Menchito no era tan discreto como su padre

‘El Menchito’, hijo de Nemesio Oseguera Cervantes. | Archivo Milenio
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En 2015 finalmente conoció a Rubén Oseguera González, el orgullo del padre: su primogénito, un joven de ciudad que se mezclaba con el jet set de Guadalajara. El Menchito, como le decían de cariño, se encargaba de coordinar el traslado de la droga que manufacturaban en la sierra y la mandaban a las mejores discotecas de México y más lejos: hasta a las manos de los jóvenes junkies de Estados Unidos. “Les llamábamos los blondies”, recuerda.
Al Menchito se le ocurrió la idea de fabricar fentanilo, una droga nueva de la que había escuchado. Acostumbrado a los ladrillos de cocaína y marihuana, la primera vez que El Indio vio esta nueva droga le pareció insignificante: unas pastillitas azules que más bien le parecían pastillas de caballero. El Menchito se rió cuando Herminio lo cuestionó y le respondió: “En esta bolsa hay cien mil dólares”.
El Menchito no era tan discreto como su padre: traía la pistola colgada en la pierna, un arma de oro con un grabado que decía “El número dos”. Le gustaban los campos de tiro. Una vez ordenó que le llevaran un coche, se colocó a 50 metros y le disparó con su lanzagranadas, al que llamaba “el lanzapatatas”.
–Se hizo una demolición, un demuele –recuerda–, una explosión muy fuerte.
Cinturón de Rubén Oseguera González, El Menchito | Crédito: Angel Hernández / MILENIO
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Como estrella de rock, El Menchito siempre viajaba con una comitiva de cien personas en un convoy de veinte camionetas. Cada vehículo iba armado con rifles Barrett, AK-47, pistolas, granadas de mano y lanzacohetes. Sus chicos, otros morros del cártel que habían sido reclutados desde niños, estaban locos: les gustaba colgarse las granadas del cuello y fingir que activaban la palanca de detonar.
Nunca supo si al Menchito le gustaba la droga pero una vez encontró una bolsa de cocaína en su camioneta. Cuando el joven se dio cuenta de que Herminio la había visto, le pidió con angustia: “No le digas a mi padre”. A don Mencho no le gustaba que consumiera drogas, es más, que nadie del cártel las consumiera.
En abril de 2015 Menchito fue a pasar una temporada más larga con ellos en la sierra. Ahí le contó a Herminio de su sueño con lenguaje de coach de TikTok: convertir el cártel en un imperio. Dijo con orgullo fanfarrón que el cártel tenía otro nombre cuando empezó, pero que fue él a quien se le ocurrió algo más New Age y adaptado a los tiempos: llamarlo Nueva Generación.
–Le gustaban las cosas bonitas.
El 24 de abril Herminio celebró su boda en Villa Purificación. Uno de los días más felices de su vida: todos sus amigos del cártel, que con el tiempo se habían convertido en su única familia, bailaron y cantaron mientras su padrino brindaba por los novios y el Menchito bailaba con una muchacha muy bella del pueblo, con la que se la pasó acaramelado toda la noche.
–Sí. Ese día es inolvidable….
Ese día no dejó de ser único para Herminio. Ahí perdió toda capacidad de inmutarse: la noche cerró con un “incidente”. Cuando el Menchito quería irse, mandó a su chofer por el carro, pero éste terminó atascado en el tráfico que ocasionaban los invitados que se iban y tuvo que esperarlo a unas cuadras. Cuando El Menchito se dio cuenta, que no llegaba, caminó y lo alcanzó, pero en lugar de subirse al carro le lanzó un disparo en la cabeza.
Los halcones alertaron que el Ejército estaba en Villa Purificación

Restos de helicóptero derribado en Villa Purificación | Especial
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Para Herminio todo se vino abajo el primero de mayo de 2015. Recuerda que desde hacía tiempo en todos los ranchos de Villa Purificación y alrededores entregaron a los ganaderos unos radios, lo quisieran o no. Había creado una red de halcones donde esa comunicación se había vuelto clave para evitar que El Mencho y su hijo fueran detenidos. Cuando decían “Las vacas están en el potrero de fulano” o “en el potrero de X o Y”, sabrían por donde iba pasando el Ejército o la Marina.
Aunque el primero de mayo iba a ser el día de su epitafio, todo empezó realmente el 27 de abril, cuando agarró una neumonía que lo tenía pálido y al borde de la asfixia. A pesar de eso, Herminio Gómez no quería dejar sólo a su patrón. Su padrino se alarmó por el tono verdoso que había agarrado, armó a un grupo de hombres a quienes les encargó que se lo llevaran a un hospital de Guadalajara, la capital; temía que se le muriera esa misma noche.
Cuando llevaba hospitalizado cuatro días recibió una llamada en la madrugada: El Menchito, su padrino, un sicario apodado El Pelón y Abraham Oseguera Cervantes, hermano del Mencho, gritaban histéricos. El Ejército estaba a punto de capturarlos y los tenía rodeados en Villa Purificación.
–Me ordenaron que contactara a todos con los que tenía comunicación, que derribara puentes, estableciera retenes, bloqueara carreteras, quemara bancos… Querían quemar Jalisco.
Pero lo peor vino cuando Menchito agarró el teléfono y le dijo lo que iban a hacer: derribar el helicóptero de la Fuerza Aérea que traían encima.
–Dijo, ya sabe, que se jodiera todo. Perdón por usar esa palabra, pero eso fue lo que dijo. Porque todos teníamos que obedecerlas porque, si no, matarían a nuestras familias. Y como decían, hasta a nuestros perros.
Con una infección que había alcanzado la mitad de los pulmones, se regresó a Villa Purificación donde encontró los restos del helicóptero: lo habían derribado. Habían cruzado todo límite. Recogió las que alguna vez fueron armas del cártel y quedaron hechas trizas y cargó a los heridos. Aquel día El Mencho logró escapar.
La investigación de la PGR

Restos de helicóptero derribado en Villa Purificación | Especial
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El primero de mayo de 2015 sonó el teléfono en la unidad especializada en delitos contra la salud de la entonces Procuraduría General de la República. A María Hernández, abogada y criminalista, le dijeron que tenía que trasladarse a Villa Purificación, en Jalisco. La noticia era aterradora y sin precedentes: un helicóptero de la Secretaría de la Defensa había sido atacado, había heridos, y sería ella quien iba a dirigir la investigación.
Llegó a las diez de la mañana con otros siete colegas: especialistas en fotografía, criminalística, ciencias forenses, medicina y balística. Lo que encontraron al llegar al punto de caída los dejó sin palabras. En la zona donde debía estar el helicóptero, no había helicóptero. Sólo las aspas. Todo lo demás eran chatarras en el fuego. Esa mañana, sin embargo, no pudieron hacer mucho: desde el monte se escuchan los disparos de integrantes del cártel, que lanzaban para asustarlos.
Así que tuvieron que esconderse y esperar. Esa noche fue horrible: durmieron esperando que regresaran los sicarios, bajo los árboles. Se metieron en las bolsas para cadáveres, para resguardarse de las balas y del frío.
Cinturón de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho | Crédito: Angel Hernández / MILENIO
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Al día siguiente encontraron lo que nunca se había visto en una narcoescena del crimen: cohetes y lanzacohetes, como si fuera la guerra en Medio Oriente. Nueve cuerpos de hombres armados, uno de ellos con un cinturón con las iniciales del CJNG, otro abrazando su rifle con las siglas grabadas en la culata. A un kilómetro, estaban los que parecían ser los cuerpos de militares asesinados, irreconocibles.
La misión original era que el helicóptero debía permitir el descenso de tropas para cortar el paso a un convoy del CJNG. Pero volaban bajo, demasiado bajo, cuando el rotor de cola recibió el impacto de un lanzacohetes. Aquella noche murieron siete integrantes de las fuerzas armadas mexicanas.
Una granja de entrenamiento del Cártel Jalisco Nueva Generación

Revelaron que Aristóteles Sandoval, exgobernador de Jalisco, recibió 3 millones de dólares del CJNG (Cortesía)
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A Herminio Gómez se lo llevaron ilegalmente de la pequeña oficina de la Policía de Villa Purificación donde fingía que era policía. Era un grupo de más de 40 elementos de la Fuerza Única de Jalisco, un modelo policial estatal creado en 2014. Según él, tras lo ocurrido con el helicóptero, el gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, tenía miedo de que Herminio hablara, que fuera a contar que unos años atrás El Mencho le había enviado tres millones de dólares para financiar su campaña.
Dice que los torturaron durante una semana y le llevaron a su esposa embarazada, de dos meses, para que viera como lo golpeaban. Al cabo de siete días y una vez advertido que no debía abrir la boca, lo regresaron al pueblo.
Pero esa misma noche, un comando encabezado por Heleno Madrigal Birrueta, alias El Veinte, jefe de plaza del CJNG en Jalisco, se lo llevó junto con otros policías.
–Siempre he creído que esta decisión tan cruel fue de Veinte y de nadie más. No creo que mi padrino supiera nada.
Le perforaron el pene. Le dieron descargas eléctricas en los genitales. Le pusieron algo que llaman Ray-Bans, vendas blancas para inmovilizarlos y después patearlos por todo el cuerpo. Le rompieron la clavícula, la mano, los pies, “todo lo que se puedan imaginar”. Después asesinaron con un tiro de gracia a otros seis policías que Herminio tuvo a su cargo.
Aquella noche lo pusieron de rodillas y le dieron un tiro en la cabeza y lo dejaron tirado en el piso. Parecía que los sicarios tenían tanta prisa que no corroboraron que la bala sólo le dio un rozón en la cabeza. Ahí se quedó entre la inconsciencia y la muerte, cuando de pronto lo despabiló la voz de El Veinte.
–La gente de Casimiro Castillo [municipio de Jalisco] va a venir a enterrarlos.
Herminio se arrastró tan rápido como pudo con los codos hasta un cañaveral cercano. Los sicarios no le habían sacado su teléfono, así que desde ahí llamó a un amigo que lo ayudó y lo llevó a un lugar en Autlán de Navarro. Allí le detuvieron las hemorragias. Lo alcanzaron su hermana y su mujer y agarraron camino para el norte.

Imagen ilustrativa de un agente de la DEA en Estados Unidos | AP
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Durante tres meses se refugió en Sonora, donde no dejaba de orinar sangre y comía pulpa de aloe vera para intentar sanar las heridas internas, como lo hacían sus abuelos en la sierra. Cruzó la frontera en agosto de 2015 y le pagó a un pollero 12 mil 500 dólares por cada uno. Así estuvo un año.
Pero el 20 de julio de 2016 le agarró un ataque de pánico y cuando transitaba por una carretera de Toledo, en Ohio, detuvo a un policía de tránsito y le pidió desesperadamente que lo llevara a la oficina de la DEA, tenía algo que confesar.
–Quiero hablar sobre el Cártel Jalisco Nueva Generación pero, específicamente, sobre todo de mi padrino.
Recuerda que ese día fue entrevistado por dos agentes de la agencia antidrogas, quienes pensaron que estaba loco. No era para menos: les dijo que la granja de su familia era utilizada por el CJNG para entrenar a dos integrantes de ISIS, uno de Israel y el otro de Pakistán. “No me interesa”, le respondieron. Hasta hoy Herminio asegura en documentos que esta historia es cierta.
Llamaron a inmigración y fue deportado otra vez a México. Sin embargo antes de irse les dejó la dirección del lugar en Sonora al que regresaría a esconderse.
En 2018 un agente de la DEA lo visitó, le dijo que estaban armando el caso contra El Mencho y su hijo y ahora sí querían escuchar todo lo que sabía. Ese año la DEA le hizo una oferta: documentos migratorios y 85 mil dólares a cambio de su cooperación contra el líder del cártel más grande de todo el mundo. El Indio aceptó.
En 2019 se enteraría que El Veinte, el hombre por el que había llegado huyendo a Estados Unidos, fue detenido en el poblado de Tequesquitlán, una localidad del municipio de Cuautitlán de García Barragán, en Jalisco. Eso le dio una tranquilidad.
Un testigo protegido en Estados Unidos

El testimonio de El Indio fue clave para el juicio que enfrentó Rubén Oseguera González, El Menchito, en Estados Unidos | Especial
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Hoy Herminio Gómez vive en una ciudad desconocida de Estados Unidos, donde trabaja en las rancherías de rednecks gringos, que no tienen ni idea de que en otra vida fue integrante de uno de los cárteles catalogados como terroristas. El mismo trabajo que hacía cuando llegó por primera vez hacía 25 años.
Lo último que logré averiguar es que en el año 2020 obtuvo una residencia y quedó limpio, al menos en papel; que en 2024 su esposa solicitó el divorcio y la custodia total del niño que llevaba en la panza aquella vez que casi lo matan. Desde entonces su testimonio ha permitido encarcelar a integrantes del Cártel Jalisco, incluido Menchito, considerado el precursor del tráfico de fentanilo a Estados Unidos y uno de los terroristas más buscados del mundo.
Herminio y otros colaboraron con sus testimonios para armar la investigación que terminó en la captura y abatimiento de El Mencho, el domingo 22 de febrero de 2026 en Tapalpa, en su bastión, Jalisco. El narco más buscado del mundo murió en un enfrentamiento con las fuerzas armadas mexicanas. Ningún Herminio pudo protegerlo esta vez.
Pero parece que Herminio a pesar de todo, sí quería a su padrino: alguna vez le hizo llegar a través de alguien más una carta a don Mencho, como le decía con respeto. Le dijo que si había escuchado algo de él, era una mentira, que El Veinte había intentado matarlo. Nunca recibió respuesta pero, tras esta carta, el 20 de agosto de 2019 en el penal de Puente Grande, Tonalá, El Veinte fue asesinado.
“Fue el Mencho”, quiere creer Herminio.
Esta historia fue reconstruida con más de dos mil archivos y testimonios en una corte de Estados Unidos obtenidas por DOMINGA
GSC/ATJ

